Por: José Ubaldo Sosa
Ayer el país fue estremecido por la muerte brutal e injustificable de la señora Esmeralda Moronta de los Santos, de apenas 36 años, a manos de su esposo Omar Tejeda Guzmán, de 48. Un hecho doloroso que vuelve a desnudar una realidad alarmante: la violencia se ha convertido en parte cotidiana de nuestra convivencia social.
Nada puede justificar un crimen de esa naturaleza. Sin embargo, tampoco podemos seguir ignorando que vivimos en una sociedad estructurada para producir violencia. La vemos en las calles, en el tránsito, en los hospitales, en las instituciones públicas, en la justicia, en la convivencia diaria y hasta en los espacios donde debería existir paz y respeto.
Cuando ocurre una tragedia como esta, la indignación suele dirigirse contra el gobierno de turno.
Pero el problema es más profundo: es el Estado, como modelo de organización social y educativa, el que ha fracasado en formar ciudadanos con equilibrio emocional, tolerancia y sentido humano.
Tenemos una escuela debilitada, sin control efectivo del Estado; una sociedad donde la agresividad se normaliza; un sistema donde el ruido, el caos, la impunidad y el deterioro de la convivencia terminan moldeando generaciones enteras.
Por eso, no basta con lamentar cada feminicidio después que ocurre. Hay que cambiar el modelo social y cultural del país.
Los ayuntamientos tienen una oportunidad histórica: rescatar la cultura, fomentar clubes literarios y artísticos en los barrios, apoyar grupos de teatro, música y poesía, crear concursos culturales y abrir espacios donde la juventud pueda expresarse a través del arte y no de la violencia.
Los pueblos que abandonan la cultura terminan educando generaciones para el conflicto. Y una sociedad que solo produce violencia, inevitablemente terminará cosechando tragedias.


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